Ejercicio terapéutico: 4 beneficios que van mucho más allá de fortalecer

Ejercicio terapéutico en fisioterapia para mejorar la recuperación y la función

Durante mucho tiempo, cuando pensamos en ejercicio y fisioterapia, probablemente pensamos en algo bastante sencillo:

“Tengo que fortalecer.”

Y sí. La fuerza es importante.

Pero el ejercicio terapéutico es mucho más que hacer que un músculo sea más fuerte.

Cuando está correctamente diseñado y adaptado a cada persona, podemos utilizar el movimiento para trabajar diferentes capacidades que influyen directamente en nuestra salud y en nuestra recuperación: fuerza, estabilidad, control corporal, movilidad y extensibilidad.

De hecho, una de las cosas que más me interesa del ejercicio terapéutico es precisamente esa capacidad de utilizar el movimiento como una herramienta para modificar la manera en la que nuestro cuerpo funciona.

No se trata simplemente de hacer ejercicio.

Se trata de utilizar el ejercicio con un objetivo terapéutico.

Y estos son, desde mi experiencia, cuatro de sus beneficios más interesantes.


1. Entrenamiento de fuerza: estimular los tejidos para que se adapten

Cuando trabajamos la fuerza no estamos actuando únicamente sobre el músculo.

El organismo recibe una carga mecánica y responde a ella.

Las células de nuestros tejidos son capaces de detectar estímulos mecánicos y transformar esa información en señales bioquímicas. Este proceso, conocido como mecanotransducción, participa en la adaptación y remodelación de diferentes tejidos musculoesqueléticos.

Por eso, una carga correctamente dosificada puede convertirse en una herramienta terapéutica.

El objetivo no es simplemente conseguir:

“más músculo”.

Buscamos que el organismo sea capaz de tolerar mejor las cargas y recuperar capacidad funcional.

Además, el músculo no es únicamente un órgano encargado de producir movimiento. Durante la actividad física libera diferentes moléculas señalizadoras, conocidas como mioquinas, que participan en la comunicación entre el músculo y otros tejidos y órganos. La investigación sobre estas sustancias está ayudando a comprender mejor algunos de los efectos sistémicos del ejercicio.

Por eso podemos decir que el ejercicio proporciona estímulos mecánicos y biológicos que favorecen la adaptación del organismo.

Y esta es una de las razones por las que el trabajo de fuerza tiene un papel tan importante dentro de la fisioterapia.

fisioterapeuta sosteniendo material de de entrenamiento
Pablo Rebanal uno de los especialistas en entrenamiento del FiO Sabadell

2. Estabilidad y propiocepción: que la articulación no tenga que “defenderse” constantemente

Una articulación no depende únicamente de sus ligamentos o de la forma de sus superficies articulares.

También necesita un adecuado control neuromuscular.

Aquí entra en juego la propiocepción: la información que nuestro sistema nervioso recibe sobre la posición y el movimiento del cuerpo y que contribuye a organizar una respuesta motora adecuada.

Cuando una articulación no está bien controlada, el cuerpo puede recurrir a estrategias musculares excesivas para intentar mantenerla estable.

Podríamos imaginarlo como conducir un coche con una dirección poco precisa:

tienes que estar corrigiendo constantemente.

Algo parecido puede ocurrir cuando existe un déficit de control articular.

Los músculos pueden acabar trabajando más de lo necesario para proporcionar estabilidad, y esto puede contribuir a generar fatiga, sobrecarga o sensación de tensión muscular.

Por eso, en determinados pacientes, no basta con fortalecer.

También necesitamos enseñar al sistema neuromuscular a controlar mejor la articulación.

El entrenamiento propioceptivo y neuromuscular se utiliza precisamente con este objetivo y ha demostrado beneficios en determinadas situaciones de inestabilidad articular y en la recuperación funcional.

Una articulación estable también distribuye mejor las cargas

Otro aspecto importante es cómo se distribuyen las fuerzas dentro de una articulación.

Una mala mecánica puede modificar la forma en la que se reparten las cargas y aumentar determinados esfuerzos sobre las estructuras articulares.

Por eso, trabajar el control y la estabilidad puede formar parte de una estrategia destinada a mejorar la función articular y gestionar mejor las cargas.

Eso sí: aquí también debemos ser rigurosos.

No podemos afirmar que entrenar la propiocepción por sí solo prevenga la artrosis. La artrosis es un proceso multifactorial.

Lo que sí sabemos es que el ejercicio forma parte de las intervenciones fundamentales en el manejo de la artrosis, y que fuerza, movilidad y propiocepción son componentes utilizados en los programas de ejercicio terapéutico.


3. Esquema corporal: aprender a utilizar mejor nuestro cuerpo

Este punto me parece especialmente interesante porque muchas veces hablamos de fuerza o movilidad y nos olvidamos de algo fundamental:

¿Sabemos realmente cómo estamos utilizando nuestro cuerpo?

El esquema corporal es nuestra representación interna del propio cuerpo y de su relación con el espacio.

Y trabajar sobre él nos permite llevar el concepto de estabilidad a una dimensión mucho más global.

No se trata únicamente de conseguir que una rodilla sea estable.

Se trata de mejorar la capacidad del cuerpo para organizarse durante el movimiento.

¿Cómo colocamos la pelvis?

¿Cómo distribuimos nuestro peso?

¿Cómo utilizamos los pies?

¿Dónde está nuestra cabeza cuando caminamos?

¿Somos capaces de mantener una postura sin generar tensión innecesaria?

¿Podemos realizar un gesto de forma eficiente?

El objetivo del trabajo corporal no debería ser conseguir una postura perfecta y estática.

Nuestro objetivo debería ser conseguir un cuerpo capaz de adaptarse.

Que pueda cambiar de posición, mantener el equilibrio, reaccionar ante diferentes estímulos y realizar movimientos con el menor coste innecesario posible.

Por eso, trabajar el esquema corporal puede ayudarnos a mejorar la coordinación, el control postural y la eficiencia del movimiento.


4. Extensibilidad y movilidad: recuperar libertad de movimiento

Y llegamos al cuarto componente:

la extensibilidad.

Aquí incluimos principalmente los ejercicios de movilidad y los estiramientos, siempre adaptados a las necesidades de cada persona.

Cuando una estructura acumula tensión o pierde movilidad, el movimiento puede verse limitado.

Y cuando intentamos realizar un movimiento sobre una estructura que no tiene suficiente capacidad para hacerlo, podemos terminar compensando.

El objetivo del trabajo de movilidad no es conseguir ser extremadamente flexible.

Es conseguir que cada estructura tenga la movilidad que necesita para realizar correctamente su función.

Una buena movilidad permite realizar movimientos sin añadir restricciones innecesarias.

Por eso, los ejercicios de movilidad y extensibilidad pueden ayudarnos a:

  • Reducir restricciones de movimiento.
  • Mejorar la amplitud articular cuando existe una limitación.
  • Disminuir la sensación de rigidez.
  • Facilitar determinados movimientos.
  • Reducir compensaciones durante la actividad.

Y aquí vuelve a aparecer una idea importante:

no buscamos más movilidad porque sí.

Buscamos la movilidad que necesita cada persona para funcionar mejor.


El ejercicio terapéutico no es una receta

Quizás esta sea la parte más importante de todo el artículo.

Dos personas pueden tener exactamente el mismo diagnóstico y necesitar ejercicios completamente diferentes.

Una persona puede necesitar principalmente fuerza.

Otra puede necesitar recuperar movilidad.

Otra puede necesitar trabajar el control de una articulación.

Y otra puede necesitar aprender a utilizar su cuerpo de una manera diferente.

Por eso, para mí, prescribir ejercicio terapéutico no significa entregar una lista de ejercicios.

Significa valorar.

Entender qué está ocurriendo.

Determinar qué capacidad necesitamos mejorar.

Y después elegir el estímulo adecuado, con la dosis adecuada y en el momento adecuado.


¿Fuerza, estabilidad, esquema corporal o movilidad?

En realidad, normalmente no tenemos que elegir solamente uno.

El cuerpo funciona como un sistema.

La fuerza influye en la estabilidad.

La estabilidad depende, entre otras cosas, del control neuromuscular.

El control corporal influye en la eficiencia del movimiento.

Y la movilidad condiciona nuestra capacidad para realizar determinados gestos.

Por eso, un programa de ejercicio terapéutico puede combinar diferentes componentes en función de lo que necesite cada paciente.

El objetivo final no es hacer más ejercicio.

Es conseguir que tu cuerpo funcione mejor.


El ejercicio como parte de la terapia

El ejercicio terapéutico se ha convertido en una herramienta fundamental de la fisioterapia moderna.

Y no porque sea una moda.

Sino porque podemos utilizar estímulos mecánicos y neuromusculares dosificados para ayudar al organismo a recuperar capacidad, mejorar la función y adaptarse progresivamente a las demandas de la vida diaria. Un marco reciente sobre ejercicio terapéutico destaca precisamente la importancia de ajustar la carga al tejido, su capacidad y su fase de recuperación para favorecer la adaptación.

Por eso, en fisioterapia, el ejercicio puede ser una parte del tratamiento y, en determinadas situaciones, puede convertirse en una parte central de la propia terapia.

No se trata simplemente de:

“Tienes que hacer ejercicio.”

Se trata de algo mucho más interesante:

¿Qué ejercicio necesitas para que tu cuerpo pueda hacer mejor aquello que ahora mismo no puede hacer bien?

Ahí empieza realmente el ejercicio terapéutico.

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